viernes, 14 de noviembre de 2008

Orgullo póstumo

Aún colgaba de su pestaña la última lágrima que había derramado.
Nunca entendió cómo la ingenuidad podía ser parte y presa; ser mortal y tensa, pero a la vez ser tan sublime y perversa que es necesario vivir de ella y por ella. Nunca entendió, ni nunca nadie le explicó. Ni nunca entenderá porque ya nunca nadie se lo podrá explicar.
Su teléfono celular vibra sobre el suelo.
Luego de un breve instante, la luz se atenúa en la pantalla. La llamada se ha ido y ella también.
Ahora todo es paz y quietud.
Su mirada está perdida en el techo, mientras un hilo de sangre se escurre por debajo de la puerta.
Lo único que se llevó consigo fue el honor de ser la única valiente que prefirió acuchillarse el corazón, antes que morir toda su vida por amor.