viernes, 11 de mayo de 2007

Estigmas

Es irónico el pensar cómo mueren los versos decapitados sin piedad, por la aguja segundera del reloj. Así mueren día con día mis ganas de volver a soñar.

Aquellos suspiros de hielo, que alguna vez fueron de acero impenetrable, ahora se queman en mis manos como viento de verano.
Muero por no volver.

Muchas veces ví morir desangrado al sol, mientras las miradas ajenas se aglomeraban contra mi pecho. Erudito de infidelidades, de bocas y de cuerpos distintos, así se dibuja tu figura espectral y efímera como dulce de leche en mi boca. Eres dulcemente venenoso.
No quiero tenerte.

Desnúdame.
Quítame el ego que traigo encrustado en las venas desde que nací. Borra mi rastro de luz y de miel, si es que alguna vez eso signifiqué para tí.
O si lo prefieres, húndeme entre los recuerdos muertos que alguna vez te hicieron vibrar y sentir.
No quiero estar a tu lado.

De grandes nombres se muere, de pocos amores se vive.
Es ley de la vida que cuando algo no florece, se debe de cortar de raíz.
Deseo no sentir.

Noche gris que bebe la leche desparramada de la luna.
-La soledad duele- alcancé a decir, antes de caer dormida sobre la apacible cama de plumas.
-Ojalá algún día tu dueño te reclame y te haga vivir en el destierro que tanto amas- me susurró la niña al oído, mientras me cubría con polvo de estrellas.