viernes, 12 de diciembre de 2008

Simple discertación del día

Cómo quisiera romper los huesos que áun me atan a ti.
Esos lazos de humo que nadie ve, pero que se sienten con el ir y venir del viento.
Tras la larga caminata de la calle cuyo nombre está gastado y corroído por el tiempo, he descubierto que nadie me nombra en la distancia.
Ni el más leve pensamiento de lástima, pesadumbre o desánimo grita mi nombre.
Es como seguir la sombra de algo que no existe, que no respira y que respeta mi anhelo desmoronado y triturado por el amor.
Sin sonidos y sin palabras, las imágenes se agolpan entre los confines de las cenizas.
Sobre aquello que resurge cuando nadie lo ve y nadie lo nombra.

¿Si nadie lo sabe, para qué decirlo?

Es la ignorancia la madre que ha parido a todas aquellas viejas letras que todo mundo rumea pero que nadie quiere grabar en el corazón.
Es la mentira la que nos invita a tomar café con la soledad día tras día, mientras vemos el desierto de la culpa arrasar con el afán que algún día nos alimentó.
Aún sigo sedienta de esas gotas de nada que no se despiden del amor de mi vida; que no miran, que no lloran y que no arriesgan ni por un centavo lo que nadie quiere.

Es como recoger duraznos entre el carbón y los escombros. Es cómo ver crecer fresas entre las espinas y retozar con calma entre el fuego más ardiente.
A nadie le importa la resonancia de mis palabras.
De esto que digo y que vomito como arándanos en tiempo de guerra y sequía.
Aquello que está y muere cada día.
Atardeceres que nacen justo con una lágrima.
Todo lo que se olvida.
Lo que no es eterno, pero sí lastima.
La inmensidad que me hace reir y decir:
"Aún me falta mucho por vivir".